Números
Parece ser que la idea es acabar con nosotros, no con bombas ni a cuchilladas, sino que de nuestra propia desesperanza seamos nosotros mismos quienes vayamos desapareciendo.
Es todo fruto de una gran maquinación movida por la ambición y una despiadada manera de ver la vida.
El ser humano empezó a ser un número que formaba parte de las insalubres habitaciones de centros penitenciarios y campos de concentración, de las listas de espera de los hospitales públicos, mientras el reloj descontaba sin piedad cada segundo de vida en una carrera atroz contra la muerte. Somos números molestos, frente a las jugosas cuentas que alimentan las arcas del poderoso a costa de la sangre y del llanto de los que somos tan solo eso, un número.
No bastaba con eso, no bastaba con hacernos creer que somos insignificantes y que nuestro dolor no le importa a nadie, además querían que nos destruyéramos entre nosotros. Sería el plan perfecto, conseguir que esos irrelevantes números se enfrentaran entre ellos, de esa manera, con una estrategia bien planificada, conseguirían los mejores resultados con el mínimo esfuerzo. El primer objetivo sería dividir a la humanidad, hombres y mujeres, cada uno con un pensamiento muy bien definido. Se crearon dos bandos en oposición que, sin embargo, se necesitaban, porque la especie humana tiene que procrear para continuar, eso resulta indispensable. Pero, ¿dónde quedan los sentimientos?
El amor, ese que se escribe con mayúsculas y da paz cuando se pronuncia y deja un sabor dulce e incomparable cuando se asienta en el corazón, a ese, lo han matado. Nadie ya cree en él, se quedó atrapado en las viejas postales que viajaban kilómetros para recordar a la persona amada que, María —quien firmaba debajo de un «siempre tuya»—, esperaba a que volviera para vestirse de blanco y caminar hasta el altar para entregarse de por vida al hombre al que amaba desde hacía años.
Nos hicieron creer que no importamos para nadie, nos hacen naufragar en aguas fecales, nos asfixian, nos crucifican, destruyen todo a su paso; la Tierra, nuestro hogar, el aire… y siguen indolentes a nuestro padecer.
¿Hasta cuándo será el ser humano capaz de aguantar tanta presión?
¿Andamos todos bajo el efecto de algún poderoso somnífero que nos hace a todos seres autómatas?
¿En qué momento olvidamos que la unión hace la fuerza?
Todo está muy bien pensado. La nueva tendencia al individualismo o al egocentrismo, más bien, consiguió penetrar en nuestras mentes arraigándose y distanciándonos de una manera brutal.
Sin tener en quien confiar, ni donde apoyarnos, nos quedamos sin fuerza, como barcas perdidas a la deriva, perdemos la ilusión y las ganas, todo resulta apático y sin sentido.
Es como si sobre nuestras cabezas colgara una sentencia de muerte sin haber cometido crimen alguno, con el único pecado de haber nacido en esta época. No se planea para un futuro, todo es ahora envuelto en una incertidumbre que nos persigue como nuestra propia sombra.
La lucha es contra el desaliento, el desamor y la soledad.
¿Qué nueva etapa histórica se cierne sobre nuestras cabezas?
¿A dónde nos llevará tanta crueldad y despotismo social?
Del pasado al futuro sin parada
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