Del perro del hortelano
Está nuestra memoria cargada de refranes y dichos populares que, en cierto modo, van amoldando nuestra conducta. Nos llega a modo de herencia, como una guía fiable a la que se le otorga una dosis de sabiduría que, en muchas ocasiones, no es real. Aceptar el grueso catálogo que compone nuestro rico refranero español como un axioma irrevocable, es demasiado categórico y apela al adoctrinamiento, anulando la capacidad de análisis y nuestra libre interpretación.
Aceptar una idea o un concepto sin antes ponerlo en tela de juicio, puede que no nos de buen resultado.
Los pensamientos, como las emociones, se pueden contagiar, se comparten e incluso se pueden propagar como enfermedades virales que no dan lugar al raciocinio, sino a la más pura psicosis colectiva. Los hay inofensivos, como aquél que afirma; «De tal palo tal astilla». Otros parecen nimios, pero en realidad van cargados de mala intención, como aquél de; «Cuando el río suena es porque agua lleva», demasiado metafórico para las mentes más básicas que siempre tienden a «pensar mal» —»Piensa mal y acertarás».
Además están los que se contradicen y consiguen que la gente discuta acerca de lo que afirman, como si se tratara de una cuestión de Estado. Un claro ejemplo lo forman estos dos refranes; «Quien se pica, ajos come» y «Quien calla otorga», llegados a este punto da exactamente igual nuestra reacción, pues el veredicto caerá siempre en contra del enjuiciado.
Pero no va de refranes esta reflexión, sino de la influencia de los demás en nuestro comportamiento, porque estos dichos populares, aunque parezcan algo baladí, conforman un tupido tejido de incongruencias y disparates aceptados como verdades intocables, que pueden ser muy perjudiciales. Obviamente, partimos de considerar que la palabra es un arma poderosa capaz de destruir la vida del más inocente —aunque pocos reconozcan la importancia que tiene— y luego están las lenguas viperinas que se encargan de usarla mal y que disfrutan haciendo daño sin el menor remordimiento.
¿Qué hacer cuando uno es calumniado?
¿Se debería alzar la voz en forma de protesta? o ¿se debería mejor callar? El ímpetu vs. la prudencia.
Porque si se trata de vivir en paz, más vale no entrar al trapo de las provocaciones, más aún sabiendo que es falso lo que se difunde, pero si se lo que se quiere es hacer justicia, la voz es una fuerza arrolladora, imposible de contener. Quizás la solución sea vivir lo más aislado posible, para evitar contacto con ningún ser humano y así no dar lugar a situaciones en común, porque de que la gente va a opinar y hablar del prójimo —sin siquiera conocerlo— es algo totalmente inevitable y hasta se diría que innato, porque de que enjuiciar es uno de los deportes favoritos de la gran mayoría, es algo innegable.
Vivir en sociedad es algo complicado, por eso mucha gente —precisamente la más sensible y consciente— acaba convirtiéndose en ermitaños por libre elección, por evitar los efectos negativos y dañinos de los demás. Sin embargo, —y situados en el otro extremo— también los hay que necesitan de los demás, a los que las habladurías y las críticas les alimentan, les dan la suficiente energía y dopamina para hacer de sus vacías vidas algo llevadero.
En conclusión, sabiendo lo que hay, cada cual elija la mejor opción de vida, la que le otorgue paz y bienestar. Se trata de ser feliz, vida solo hay una y el tiempo es finito.
Carpe Diem.
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