Del pasado al futuro sin parada
Anclarse en el presente es una tarea complicada. El pensamiento vuela indomable entre el pasado y el futuro, como una mariposa inquieta que no cesa en su búsqueda de horizontes por descubrir, sin prestar atención al único cierto que se dibuja ante su vista. Pero, ¿Cómo evitar que los pensamientos divaguen a sus anchas?
Entre otras acepciones, el término «presente» significa obsequio, regalo, pero hasta que el ser humano llega a comprender el verdadero significado puede llegar a pasar mucho tiempo, incluso, a veces, dar lugar a que su vida llegue a su fin.
En este deambular del pasado al futuro, queda latente un sentimiento de disconformidad, de anhelo o de carencia, por eso existe ese movimiento, de un punto a otro y viceversa. Al pasado se viaja, se bucea entre recuerdos de todo tipo; aquellos que nos abrieron heridas —dejándonos lecciones que nos marcan a fuego y nos hacen crecer— y aquellos otros, más dulces, que nos sumergen en la nostalgia y que también suelen doler.
Cargar con demasiados recuerdos puede ser un pésimo lastre que no nos deje avanzar. De cada cual dependerá si aprendemos para no repetir los errores y poder seguir adelante o nos quedamos atrapados en el sufrimiento, como si nuestros pies hubieran quedado clavados en tierras movedizas en las que nos hundiremos lentamente.
Según Nietzsche: «La excesiva memoria puede llevar a la inacción y al resentimiento. El olvido es una fuerza activa necesaria para la salud mental y la capacidad de actuar en el presente.»
Quizás, cargar con tanto «equipaje» puede provocarnos miedos, convirtiéndose estos en férreos grilletes que nos impidan actuar. Entonces, no solo no vislumbraremos un futuro, sino que ni tan siquiera seremos conscientes del presente que se nos escapa de las manos sin darnos cuenta, totalmente infravalorado.
Y ¿qué hay del futuro? ¿De esa orilla con la que todo el mundo sueña y la que nadie parece alcanzar?
El futuro no está escrito, es mera conjetura, una quimera, una ilusión…
Podemos decidir el camino a seguir, podemos tener nuestras metas claras y saber la dirección que nos puede llevar a alcanzarlas, pero nada nos asegura que podamos cumplir nuestros objetivos y mucho menos cómo.
Me viene a la mente el cuento del burro al que —para que se moviera— se le motivaba con una zanahoria colgada de un palo que la alejaba lo suficiente de su alcance, para que creyera que la podría coger, pero que nunca llegaba a alcanzar. De esta situación nace la frustración, el desaliento e incluso el escepticismo llegando a convertirse en hábito, en conducta.
El futuro es un plan oculto que con frecuencia no acierta con nuestros deseos. Depender de lo que pueda suceder en nuestras vidas para llegar a ser felices es tanto como apostar por un caballo que no participará en la carrera, no es más que confiar en unas expectativas que solo existen en nuestra mente.
Aferrarse al presente, al riguroso momento que vivimos, reconocer que no contamos con nada más que el instante que nos sucede, como un regalo frágil y caduco, supone valorar la vida en su máxima esencia.
No hay mañana, tan solo hay ahora.
Vivir sin esperas ni expectativas, saboreando lo que tenemos, agradeciendo lo bueno y lo malo.
La vida es un río que pasa fugaz por delante de nuestras narices y en lugar de zambullirnos en sus aguas y disfrutarlas, lanzamos la mirada a un lado y a otro, donde el pasado se pierde en la bruma de lo ya inexistente y el futuro se observa como un gran vacío que jamás nos adelantará nada.
El presente nos invita a vivirlo, a sentir y experimentar, a ser conscientes de que es lo único con lo que contamos.
De vivir se trata, vivir sin esperas, como si hoy fuera el ultimo día de nuestras vidas.
Carpe Diem
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