De víctima a «verdugo»
Vivir es una experiencia peliaguda. Nos vamos dando cuenta a medida que cumplimos años, cada vez el camino se vuelve más tortuoso, más escarpado y menos fiable. Nos adentramos sin querer en bosques tupidos y oscuros en los que solo podemos oír nuestra voz y sentir el latido de nuestro propio corazón.
Nos desconocemos tanto que, a veces, es nuestro propio instinto de subsistencia quien nos maneja, dejando entonces al mundo de los instintos básicos el control sobre nuestras acciones. De cada emoción nace una reacción y, de ésta, una acción que nos repercutirá a nosotros y a nuestro entorno. Es entonces cuando nos situamos y encarnamos personajes que nos identificarán frente al mundo.
¿Víctima o verdugo?
¿Oveja o lobo?
¿Activo o pasivo?
¿Comes o te dejas comer?
Reconocer nuestras emociones no es tarea fácil, pero aun menos lo es aprender a manejarlas. Es ardua tarea y no todos están dispuestos a enfrentar el reto. La sinceridad en este proceso es vital, actuar con responsabilidad hacia nosotros mismos establece la piedra angular sobre la que se construirá una personalidad que deje de situarse en roles impuestos por la norma social, para llegar a ser nosotros mismos, sin imposiciones, con nuestra esencia en estado puro.
El cambio, a veces, desconcierta a nuestro círculo más cercano, la evolución deja huella inevitablemente. De esta situación nace un refrán muy popular que afirma: «se ha dado la vuelta como un calcetín» y es que «tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe», dicho sea de paso, por completar en el mismo tono la frase.
Adaptar el papel de víctima puede ser la opción más cómoda, pero también es la menos responsable. Culpar al otro de todo el mal que nos pasa es cómodo, es mucho más fácil y agradable culpar a los demás de nuestras desgracias. La culpa es una carga demasiado pesada, no apta para personas frágiles. Aceptar los errores tampoco es de buen gusto, para esto debe existir en nosotros el sentido de la responsabilidad y esto se consigue tras alcanzar un buen tramo de ese retorcido camino que la vida nos impone a cada momento. La opción está en seguir caminando o refugiarse en un peldaño a llorar nuestras desgracias y a culpar a todo el mundo de ellas.
El que llora y se regocija en su dolor, el que se lame sus propias heridas y se queja del mundo entero, se engaña, no hay más ciego que el que no quiere ver…
Por contra, internarse en nuestras sombras, darles luz para ver que se oculta en ellas es un gesto de gran valentía. Reconocer, integrar y ser consecuente con ese descubrimiento nos transforma, nos desvela y nos descubre al mundo tal cual somos. Reconocer nuestras sombras nos libera, es la mayor gratificación a la que podemos llegar.
La vida es un complicado proceso en el que cada cual marca su ritmo. Es una carrera a solas, en la que el premio es conocernos en profundidad y actuar con consecuencia siendo leales, ante todo, a nosotros mismos.
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