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El amor en tiempos de la IA

¿Qué ha sido del amor? ¿Qué nos está pasando?

La confusión y el desánimo nos atrapan, demasiada «desinformación» que nos embota a diario, insistentemente, como para no padecer sus consecuencias.

La llama se apaga, el corazón se arruga y la mente languidece. La tristeza es intensa, pero nadie lo quiere admitir —sería tanto como reconocer nuestra mayor derrota—, en su lugar, aflora una sensación de disgusto que provoca el enfrentamiento que nos pone a la defensiva y ataca, como lo haría un soldado en pie de guerra, espada en mano, a todo aquel que le contradice o le molesta.

De un tiempo a esta parte, el amor ha perdido su esencia, su significado, incluso planea sobre nuestras cabezas la certeza de que un día no muy lejano caiga en desuso, se convierta en una palabra más que ya no cuenta en nuestro vocabulario.

¿Se habrá exiliado del alma? En verdad, ¿será este el fin de las relaciones amorosas?

Las relaciones entre los seres humanos ya no son las que eran. Hijos que se deshacen de sus padres llevándolos a residencias, padres que buscan tener entretenidos a sus hijos a costa de volverlos adictos a una pantalla, madres que caminan solas, gente que no quiere compañía…

¿No será todo esto un plan muy bien estudiado? No es casual, no son casos aislados, roza el nivel pandémico. El dolor y el desengaño le ganaron la batalla al amor, el sentimiento más noble quedó pisoteado por las emociones más negativas y oscuras. Nos han secuestrado la ilusión, nos han inyectado remordimiento hacia el prójimo. Somos, claramente, dualidad enfrentada.

El «nosotros» empieza a desparecer como hoja de papel que cae en charco de agua. Nos quieren divididos, nos quieren solos y enfrentados.

Divide et impera.

Los gobernadores del Imperio Romano ya lo usaban para enfrentar al pueblo y así cuidarse las espaldas contra rebeliones populares. Nada nuevo, estrategia clave y a todas luces perpetuada desde entonces con el mismo propósito, dominar a las masas. La unión hace la fuerza, sin esa máxima somos meras marionetas manejadas por los hilos de los poderosos, para su conveniencia, para nuestro detrimento.

Somos arrastrados por una dinámica que no nos deja pensar, que nos anestesia y que además induce al odio, a la aversión, al continuo enfrentamiento entre nosotros. Existe en todos los ámbitos a poco que nos paremos a observar.

La crispación de la sociedad es un estado generalizado; todos contra todos, por razón de edad, de sexo, de política, de religión, de nacionalidad, de raza… todo se ha extrapolado a extremos radicalmente opuestos.

¿Dónde quedó la empatía? ¿Dónde la fe en la humanidad? ¿Es que no somo capaces de pararnos a decidir por nosotros mismos? ¿No nos ha demostrado la historia que el odio solo engendra más odio? ¿Es ese el ejemplo que queremos dejarle a nuestros hijos?

El individuo se encuentra solo, hoy más que nunca, hoy que las tecnologías nos acercan eliminando la distancia geográfica, hoy, paradójicamente, se sufre de una soledad desoladora.

El daño es interno, arranca desde lo más profundo de nuestro ser. Las heridas no son fáciles de sanar y es entonces cuando la voluntad flaquea y se acepta la opinión generalizada con docilidad, se escuchan las miles de voces que —con plena libertad y derecho para expresarse— se manifiestan en cualquier medio. Las voces de fuera no dejan oír la nuestra propia, es ahí donde surge el problema, es entonces cuando nos perdemos…

En toda esta desolación, existen alguna voces que abogan por nuestro despertar, por esa chispa que haga que nos demos cuenta de que estamos siendo vilmente manipulados.

Divididos como estamos no somos nada, más que seres amargados y tristes, cargados de resentimiento y apatía. Empezar de cero no es tarea fácil, pero tampoco imposible. Comenzar de nuevo es siempre la opción más inteligente, pero con la mirada limpia, dando lo mejor de nosotros.

«Se hace camino al andar», como dijo nuestro querido Antonio Machado, pleno de sabiduría su verso. Caminemos, pues, sentándonos a descansar cuando lo necesitemos, compartiendo nuestras emociones, nuestras dudas y alegrías, pero conservando lo más digno que al ser humano glorifica y nutre, el amor en su más extensa acepción.

Carpe Diem.

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